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Cómo la casualidad no deja de asombrarnos

Santiago Argüeso Galván


    Realmente la casualidad nunca  dejará de sorprendernos. Es realmente fantástico toparte en un sitio tal como un centro comercial, una gran superficie, la cual es recorrida a diario por cientos, sino miles de personas, con gente peculiar, personajes singulares que inundan a uno de esperanza de que la cultura sigue viva en la humanidad.

    Fue hace un par de semanas, tres, como mucho, cuando yo mismo, junto a un reducido grupo de mi misma clase -Estefanía, Laura, Paula y Sara-, estábamos realizando los “selfies” para nuestro ansiado vídeo. Después de pasarnos la tarde danzando y, de algún modo, representando nuestro papel de célebres escritores por todo el recinto del centro comercial As Termas, nos disponíamos a salir para seguir con nuestra jocosa labor cuando escuchamos un grito que nos sobresaltó tanto como nos maravilló. “¡A ver adónde va ese Bécquer!”, decían las palabras. Inmediatamente, impactados y, sobre todo, yo por lo menos, extasiados porque alguien nos hubiera reconocido, fuimos al encuentro con aquel hombre sentado en una de las terrazas interiores, con una copa de vino blanco, y acompañado por la que supusimos su mujer. Era un hombre robusto, ojos muy saltones, nariz grande y pelo ya cano. Enseguida entablamos conversación con ambos. Ella, de pocas palabras; él, un auténtico orador. Fue ese mutis  de la mujer lo que más nos llamó la atención y lo que nos llevó a fijarnos en cómo ella miraba a su marido como embelesada por el saber que de él emanaba.

    En un momento dado, mientras yo conversaba con la reservada dama sobre el dramaturgo italiano Darío Fo,  toda mi atención y la de mis compañeras se centró en él. El “tipo” comenzó a recitar unos versos teatrales que se me antojaban conocidos, eran esos de:
¡Cuál gritan esos malditos!
                                                  Pero, ¡mal rayo me parta
                                                  si en concluyendo la carta
                                                  no pagan caros sus gritos!

    Juro realmente que eran esos, el comienzo de Don Juan Tenorio de la obra de José Zorrilla, uno de los clásicos del Romanticismo. Así seguimos nuestro coloquio sobre teatro, principalmente. Estefanía y yo confesamos ser actores, mas puntualizando que solo como afición en nuestro instituto, y fue ahí cuando él nos aclaró, muy indirectamente, su profesión o más bien, pasión, al decirnos: “¡Muy bien! Ahí empezamos todos”. En este tono agradabilísimo nos encontrábamos, continuamente hablando de teatro, literatura, cultura en general cuando nos despedimos de él, bueno, nos “despedimos”, cuando tras repetir unas cuantas veces el soliloquio anterior nos recitó otro distinto que  al momento reconocí, pues ¡era el mismo fragmento de La Vida es Sueño, que habíamos estado escuchando continuamente en clase! Y por si fuera poco ¡para el mismo trabajo que ahí estábamos realizando!:

 ¿Qué es la vida? Un frenesí
¿Qué es la vida? Una ilusión
  una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
 que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

    Nos separamos de los dos personajes, y como es natural, ya fuera del recinto, nos pusimos a comentar tan  enriquecedora experiencia. De repente, los vimos salir y acercarse de nuevo a nosotros. No exagero cuando digo que reanunados la conversación que había de durar al menos una hora. Departimos sobre música, teatro nuevamente, maravillas del mundo, profesiones, y hasta nos contó un poquito de su vida. Nos dijo, con pena, que solo estaría en Lugo unos días, pues residía en Santiago de Compostela y tan solo estaban de visita. Ella nos contó su pasado como presentadora del noticiero en Televisión Española, y nos repetía una y otra vez la invitación a tomar algo pues, según él: “¡Qué maleducado el no habéroslo ofrecido antes!”

    Finalmente, y dada la hora que era, y que se habían encontrado con otros conocidos, la conversación finalizó con un abrazo y sinceras palabras de ánimo para seguir con nuestros estudios y objetivos y llegó a confesarnos que, para él, eso que nosotros estábamos haciendo, el echarnos a las calles a divertirnos integrados en un personaje, sin el más mínimo ápice de reparo, era lo más bonito y maravilloso, y nos exhortó que nunca dejásemos de hacerlo. Nosotros nos fuimos con un revoltijo de compunción y éxtasis y, sobre todo, muy apenados por no volver a ver e ese erudito, si cabe. No nos podríamos ni imaginar, que no habíamos de topar otra vez con él, y que se ofrecería a darnos su teléfono, “Para cuando quisiéramos conversar”, con él, con un tal “Loquis".

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