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Un cuadro es una historia sin palabras

MARTA RODRÍGUEZ CASTIÑEIRA 
“Como una gota malaya, caía en nuestra mente la idea de que ni somos ni valemos nada, solo lo que nos permita el monstruo que nos acompaña”                                                                                                                                           (Sergi San Julián, Exposición “Cartas de amor”, 2016)

       Miré al reloj de pared colgado encima de la salida. 21:05. Es increíble cómo las horas transcurren cuando estás haciendo algo que de verdad te llena. Recogí mis cosas de la mesa de trabajo y me despedí de mis compañeros. Me encantaba volver a casa andando, ya que me ayudaba a despejar la mente y disfrutar verdaderamente del lugar que me rodeaba. La lluvia caía a mí alrededor, llevándose consigo todos los malos momentos del día, relajándome y, de alguna forma, purificándome.
      
     -¡Mami!- Mi hija de tres años vino corriendo en cuanto abrí la puerta de casa.
   
     -¡Hola, chiquitina!
      
     -¿Trajiste la leche que te pedí? - dijo mi marido desde el salón donde estaba viendo el partido de la Super Bowl-. Mi organización personal es un desastre.
   
     - Lo siento, hoy he tenido un día muy duro en la oficina y se me ha olvidado por completo. He presentado mi idea al comité y hemos tenido una reunión muy larga que no ha resuelto nada; estoy agotada.

       No dijo nada más, seguramente había desconectado en el momento que le dije que no. Además, cuando hay partido, no hay mundo a su alrededor, solo existen veintidós adultos infantiles peleándose por un balón. Cogí a la niña y me alejé del salón.

     -¿Qué cuento quieres que te lea hoy?- le pregunté mientras empezaba a acomodar todos los peluches con los que se emperraba en dormir.

     - Este- contestó a la vez que señalaba el cuento de Caperucita roja.

      - Vale - cogí el libro, me senté a los pies de su cama y empecé a leer- “Había una vez una dulce niña que quería mucho a su madre y a su abuela. Les ayudaba en todo lo que podía…”

       Me levanté sigilosamente intentando no despertarla cuando sentí que su mano me agarraba.

      -No te vayas. Me dan miedo las noches. Con la oscuridad siempre aparece el lobo- me dijo casi en un susurro. Tenía que dejar de leerle ese cuento por las noches.

     - No te va a pasar nada. Mamá está aquí para cuidarte- La niña, contenta con mi respuesta, dio media vuelta y volvió a caer en un sueño conciliador.

      Había sido un día agotador y lo único que pensaba era en irme a cama, pero, cuando llegué al dormitorio, me encontré a mi marido esperándome:

      - Cuando vas a aprender a hacer lo que se te dice- dijo tan bajo que casi no lo oí-.

     -Ya te he dicho que se me olvidó, tengo muchas cosas en la cabeza, todos los asuntos del trabajo me tienen loca. Se me pasó por completo, mañana voy a por ella a primera hora.

      - No es solo esta vez, nunca haces lo que se te dice, siempre pones excusas. Eres mía. Tengo que arreglar esto.

        Lo siguiente que recuerdo fue levantarme desorientada y mareada al día siguiente. Me incorporé en la cama y miré al reloj de mi mesilla. 9:05. Al levantarme de la cama reparé en una pequeña nota que debí de tirar con alguno de mis movimientos nocturnos. Me cansé de tus disculpas. Tienes que aprender a obedecer y hacer las cosas cuando se te dicen Era necesario. Solo pienso en tu bien. L- Extrañada ante las palabras de la nota, fui hacia el baño para comenzar con mi rutina y, cuando me fije en mi reflejo en el espejo, no pude reprimir el grito ahogado que salió de mi garganta. Me había incomunicado mi alma y mi corazón y me había arrancado las alas que utilizaba para disfrutar de mi ansiada libertad. Había transformado mi valentía en miedo, mi autodeterminación en dependencia y mi atrevimiento en prudencia. Sin haberlo visto venir me había quitado lo único con lo que sabía protegerme, lo único que tenía sentido para mí: mi propia voz.

      Todo artista, ya sea un escritor, un pintor o un fotógrafo, trata de transmitir algo con sus obras, expresar una idea o comunicar sus sentimientos a través de las alas de la imaginación. Cada uno tiene una manera de conseguirlo, algunos con tres palabras pueden dejarte hecho un mar de lágrimas, a otros no les llegan tres folios enteros y, aunque lo mío nunca fueron las palabras, he tratado de usarlas para contar la historia que se fue recreando en mi cabeza al paso que iba observando los cuadros expuestos en el instituto. Me fue muy difícil inspirarme en uno solo, tanto Sergie San Julían como Paco Roca consiguieron llamar mi atención y comenzar a mover los engranajes de mi cabeza. El primero me atrajo por los colores que empleó: vivos, alegres  y luminosos;  el segundo, de tonos grises y marrones, por la expresión de la cara y la incomodidad que refleja al tener una cremallera por boca. Claramente se trata de una metáfora que relaciona la cremallera con la opresión que le es realizada y que le impide expresarse y manifestar su opinión.

      Me ha parecido una propuesta interesante que ha unido  el amor y el formato de una baraja de cartas. Además de esto, no nos mostraron las típicas imágenes melosas sobre el amor, sino que nos mostraron la otra cara de la realidad que, a veces, no vemos o, quizás, no queremos ver.

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