domingo, 18 de marzo de 2018

Presentación de La memoria de los árboles de Conchi Sanfiz


    El pasado viernes 16 de marzo tuve el privilegio de presentar el libro La memoria de los árboles de Conchi Sanfiz en O Vello Cárcere. 


    Presentar el libro de un amigo o amiga es más difícil que presentar  el libro de alguien que te es totalmente ajeno, al igual que leerlo. Te acercas con cierta cautela y pudor. 

     La obra es una novela intimista, narrada en primera persona. Tiene un carácter circular. La narradora empieza hablando del vacío que dejó la muerte prematura de su padre cuando ella era una niña. “Llevo más de treinta años buscando a mi padre” y termina nombrándolo de manera explícita: "También sé que solo lo que se nombra existe, y que la palabra escrita es la mejor arma con la que cuenta nuestra memoria. Por eso voy a dejar constancia aquí del nombre de mi padre: se llamaba Manuel Sanfiz Trigo, y así se seguirá llamando mientras haya un lector que lea estas páginas y  luego pronuncie, despacio, su nombre en voz alta". Es una novela de búsqueda personal a través de la indagación en las historias de otros personajes. Hay continuos flashback, movimientos hacia atrás y hacia adelante. Se trazan varias líneas temporales. La principal: su estancia en Boal durante los años que impartió docencia en este pueblo asturiano (desde el año 2000) y saltos retrospectivos a los años veinte, la Segunda Guerra Mundial, la posguerra o su propia infancia. No se trata de una única historia, sino de múltiples historias que se entrecruzan y Olba (Boal) es el lugar que vertebra y canaliza a personajes de distintas épocas porque, cito textualmente: “Olba es un lugar rico en árboles y en silencios”. Luego señala: “Mi padre es un árbol”. Es en esa identificación metafórica explícita Padre-árbol / Olba-rica en árboles donde se pone de manifiesto la búsqueda de su padre a través de la búsqueda en la historia de otros personajes. Los saltos temporales continuos desdibujan la línea divisoria de pasado-presente y así los personajes conforman un universo presente único rescatados por el peso de la memoria. Esa concepción del tiempo nos llega a través de Amelia: “(…) lo cuenta como si el tiempo fuese sincrónico y no diacrónico como para el del resto de los mortales”

    La autora llega al conocimiento de esas historias a través de un arte hoy perdido, abrumados como estamos por la vorágine del estrés diario y de las tecnologías: el arte de la plática, de la charla, de la conversación pausada, del saber escuchar… En el pueblo ella se interesa por lo que le quieren contar y va tejiendo un universo de historias a través de diferentes testimonios. Es la historia de Marcelo (un escritor republicano condenado a la cárcel) la que tiene mayor peso en la obra. Reconstruye su pasado a través de las conversaciones con Isabel (una vecina de Olba que le presentaron en una tienda), las cartas entre ella y Marcelo que esta le confía, el testimonio de la hija de este, Cristina, las cartas de Marcelo a la Prisión Provincial, el testimonio de Amelia por lo escuchado en el bar del pueblo en una reunión de amigos… Al mismo tiempo vierte también sus propias experiencias e inquietudes y narra, por ejemplo, la visita con los escolares a Mauthausen con Juan Camacho, un prisionero republicano que sobrevivió al exterminio.
 
     Si tuviese que sintetizar en una sola palabra toda la obra, me serviría del término NOSTALGIA. No es anecdótica su repetición en innumerables ocasiones a lo largo del libro de forma explícita. Atendiendo a su etimología, la palabra es un compuesto del término griego νόστος nóstos 'regreso' y -αλγία -algía '-algia', dolor.  Es curioso que manifestamos muchas veces sentir nostalgia por aquellos momentos felices vividos. Pero volver al pasado establece una dicotomía entre el placer de recordar y el dolor por la pérdida, por el “dejar atrás”.  Ese mirar atrás lo hace la autora a través del mundo sensorial. Los personajes recuerdan a través de los olores, los sabores, los colores, el tacto, el sonido…pero también el silencio.  El recuerdo, la memoria, va asociado/a a la evocación sensorial: “(…) había aprendido a evocar Olba con su privilegiada memoria olfativa”  “(…) se contaban por decenas los olores de Olba que Marcelo guardaba en su memoria, y ello, por extraño que parezca le ayudó a sobrevivir en aquel sórdido recinto carcelario…”. Aunque también se muestra la paradoja de la melancolía por lo que debería haber sido y no fue. Dice Marcelo en una carta a Isabel: “Esa nostalgia de lo que no fue es lo que desata en mí un vacío cada vez que regreso”.
 
     El placer por la escucha va asociado a todo un rito que lo acompaña. Así se habla de elementos visuales y olfativos cotidianos: el olor a café o a infusión que se prepara mientras se disponen a contar, la repostería, el olor a hogar: “Cuando Isabel abrió, me alcanzó una ráfaga de un olor delicioso: el olor de las genuinas casas olbenses, de los inviernos del pueblo, pero también de sus inseguros otoños y sus indecisas primaveras; el olor de la leña ardiendo en las cocinas(…)”
 
     Junto al vacío existencial, convive el humor, la ternura, el lenguaje poético, la sensualidad…Hallamos reminiscencias del humor cervantino en el trazado de ciertos personajes (tanto en sus nombres –Tasio de Mercedes, Edelmiro de Andrea, don Melitón- como en las anécdotas) o del realismo mágico de Italo Calvino en imágenes oníricas, por ejemplo, de los difuntos como pájaros sin alas sobrevolando Olba.
 
     Cuando leí la obra por primera vez, tuve la sensación de que tenía en mis manos algo diferente. Esta obra es una invitación a la pausa, a la reflexión, al goce en el sentido más horaciano. Percibimos reminiscencias de los clásicos renacentistas (los tópicos del beatus ille y del locus amoenus). Nos exhorta a disfrutar cada instante cotidiano e impregnarnos de la esencia única del momento asociado a una explosión sensorial y, al mismo tiempo, por contraste, es una oda al silencio, a la calma, a la escucha. “Me gusta pasear sola para oír hablar a Olba”. Ese apartamiento en Olba, ese retiro en ese marco idílico, predispone a la narradora a la escucha, de otras historias, pero también a la escucha y al conocimiento de sí misma. Por otro lado, es una sacudida y llamada de atención al lector ¿No nos perdemos acaso en el runrún excesivo del día a día, en la contaminación auditiva y visual, en la falsedad de lo virtual? ¿No es hora de que el hombre/mujer retorne a lo más puramente sensitivo?
 
    Debo confesaros que yo catalogo los libros que recomiendo en dos tipos: aquellas grandes obras, que lees de un tirón o dos y colocas allí, en la estantería de la biblioteca, en un lugar solemne,  y catalogas como "gran obra". Sin embargo, paradójicamente, son obras a las que nunca sientes la necesidad de volver. Hay otras obras que constituyen un remanso y dejan una impronta en ti permanente e indeleble. De forma asidua precisas deslizarte entre sus páginas de manera aleatoria y encontrarte o reencontrarte en el camino de alguna línea. Esta es una de esas obras. Yo no voy a deciros que compréis o leáis la obra, pero sí advertiros de que el no hacerlo desatará en vosotros y vosotras el vacío, la nostalgia, de “lo que no fue”.